Existen pocas vías
mejores para descansar que cambiar de escenario, apagar los focos y entrecerrar
el telón que separa tu vida de las demás.
Cambiar de escenario
debe significar ser capaz de llevar tu mente tan lejos o tan cerca de ti que
solo tú puedas verla.
Sofía se tomó al pie de
la letra mis palabras, y decidió salir de mi mente en busca de su propio yo,
que ni yo misma, su creadora, llegaría a conocer.
Apenas llevaba unos
días en la ciudad eterna, que bien merecido tiene su nombre, y ya necesitaba olvidarla.
Unos minutos, unas horas. ¡Qué osada fue Sofía, queriendo desvanecer Roma!
Pero qué podía hacer
yo, ella era así desde que la adiviné creciendo en mi interior.
Tras una intensa tarde
de estudio, decidió cambiar las bocinas de los coches que le rasgaban los
oídos, por el correr del rio que se los curaba; sustituir la indiferencia de
aquel bolígrafo por la imaginación de una cámara de fotos y desligarse, durante
un tiempo indeterminado, de aquella capital.
Sofía conocía los
recovecos donde Roma realmente reposaba, y señaló a orillas del Tíber su propio
escondite.
Salió de su casa
prometiéndose que más tarde acabaría la tarea, algo que ni ella, siendo franca,
se creía.
Recorrió las cinco
escaleras deslizando sus dedos por el pasamanos color marrón antiguo y
desgastado tan típico de los edificios; llegó al vestíbulo, ojeó el pequeño
buzón gris metal con la esperanza de que nada ni nadie la ataran un minuto más
a ese suelo tan frío propio de Noviembre. El suspiro de alivio estremeció su
cuerpo y parte del edificio, y entonces sí, salió disparada hacia la calle.
Sus pies se habían acostumbrado a los adoquines rotos, y eran ya inmunes a la humedad del suelo. Sin embargo su piel no terminaba de comprender ese frio que la hacía erizarse desde las seis de la tarde. Si había algo que Sofía disfrutaba de aquella temperatura, era el vapor que soltaba por la boca, chocaba con su bufanda liada hasta la nariz y se dispersaba por todo el cuello. Era una sensación de apenas cinco segundos, pero qué segundos…
De camino a su destino,
los ojos de Sofía únicamente veían correr el suelo bajo sus pies, atrapando, de
vez en cuando, alguna mirada efímera de algún transeúnte desconocido. Ni si
quiera las columnas de la Plaza San Pedro conseguían desorientarla.
Cruzando una calle
plagada de bares, sus oídos rebosaron de esos golpecillos tan agudos de las
cucharillas de café contra las minúsculas tazas italianas; pero, como siempre,
sus tímpanos intentaban centrarse en la musicalidad de aquel idioma que tanto
le gustaba y que, sin saber exactamente porque, le recordaba al ritmo de un
vals.
La ausencia de silencio
por culpa de las cucharillas, los romanos
y la velocidad de sus coches aumentó en el momento que cruzó Piazza Pia,
dejando atrás el Castillo de Sant Angelo.
Ya casi podía oler el
murmullo del agua, ya casi podía palpar la soledad de su rincón. Sofía salió de
mí, y ya casi no podía escucharla pensar.
Se topó con un semáforo
en rojo, pero aquello no fue un obstáculo. Metió las manos en los bolsillos del
abrigo, y calculó que, con un poco de suerte
y tres zancadas, llegaría al otro lado.
“Ojalá todo fuese tan fácil”,
susurró al viento Sofía casi sin quererlo.
La cercanía del río
rozaba ya su olfato: el aire se volvía algo más pesado, aquella atmósfera
vagabunda se hacía presente, haciéndose pensar como el encanto de aquel
desolado lugar.
Comenzó a bajar la cuesta hacía el paseo del río, sacó la cámara de la mochila y comenzó, excitadamente tranquila, a pasear.
Ya Sofía no veía Roma, y yo, desgastada, ya no
veía a Sofía. El bullicio se escondió tras el ronroneo de un gato que dormía en
aquella cuesta, y más nunca volvió aparecer.
Sofía se me fue de las
manos, de la tinta del papel. ¿Por qué se fue de mi mente y ya no la vi volver?
Una cabina de teléfono
vieja y oxidada sonó en medio de la nada, a la vera de Sofía. Ella, con mano
temblorosa, no evitó contestar. Le pedí que volviera a
mi mente, que la historia ya debía acabar. Y Sofía, con una pícara
sonrisa que pude ver, y casi dibujar, a través de aquel teléfono, me dijo que
ella era esa parte del alma que se impregna en un lugar donde se crean
recuerdos inolvidables.
Me dijo, sin dejarme
apenas hablar, que no me dejase vencer por la nostalgia, y me secó las lágrimas
diciéndome que cuando vuelva a Roma, ella estará allí para hacerme sentir que
estoy en casa.
No tuve aliento para
rechistar, ella colgó el teléfono y yo seguí con el sabor amargo de la
melancolía y sus buenos recuerdos en los labios.
Una parte de mi se
quedó anclada en aquella ciudad, en forma de Sofía o en forma de viento jugando
entre las esquinas de los callejones. Las huellas imborrables de todas aquellas
Sofías de amigos, conocidos o desconocidos
con los que compartí aire mantendrán con vida la nostalgia de un tiempo pasado
inmejorable.



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