viernes, 16 de mayo de 2014

Sofía y yo


Existen pocas vías mejores para descansar que cambiar de escenario, apagar los focos y entrecerrar el telón que separa tu vida de las demás.
Cambiar de escenario debe significar ser capaz de llevar tu mente tan lejos o tan cerca de ti que solo tú puedas verla.

Sofía se tomó al pie de la letra mis palabras, y decidió salir de mi mente en busca de su propio yo, que ni yo misma, su creadora, llegaría a conocer.

Apenas llevaba unos días en la ciudad eterna, que bien merecido tiene su nombre, y ya necesitaba olvidarla. Unos minutos, unas horas. ¡Qué osada fue Sofía, queriendo desvanecer Roma!

Pero qué podía hacer yo, ella era así desde que la adiviné creciendo en mi interior.

Tras una intensa tarde de estudio, decidió cambiar las bocinas de los coches que le rasgaban los oídos, por el correr del rio que se los curaba; sustituir la indiferencia de aquel bolígrafo por la imaginación de una cámara de fotos y desligarse, durante un tiempo indeterminado, de aquella capital.
Sofía conocía los recovecos donde Roma realmente reposaba, y señaló a orillas del Tíber su propio escondite.

Salió de su casa prometiéndose que más tarde acabaría la tarea, algo que ni ella, siendo franca, se creía.
Recorrió las cinco escaleras deslizando sus dedos por el pasamanos color marrón antiguo y desgastado tan típico de los edificios; llegó al vestíbulo, ojeó el pequeño buzón gris metal con la esperanza de que nada ni nadie la ataran un minuto más a ese suelo tan frío propio de Noviembre. El suspiro de alivio estremeció su cuerpo y parte del edificio, y entonces sí, salió disparada hacia la calle.

Sus pies se habían acostumbrado a los adoquines rotos, y eran ya inmunes a la humedad del suelo. Sin embargo su piel no terminaba de comprender ese frio que la hacía erizarse desde las seis de la tarde. Si había algo que Sofía disfrutaba de aquella temperatura, era el vapor que soltaba por la boca, chocaba con su bufanda liada hasta la nariz y se dispersaba por todo el cuello. Era una sensación de apenas cinco segundos, pero qué segundos…

De camino a su destino, los ojos de Sofía únicamente veían correr el suelo bajo sus pies, atrapando, de vez en cuando, alguna mirada efímera de algún transeúnte desconocido. Ni si quiera las columnas de la Plaza San Pedro conseguían desorientarla.

Cruzando una calle plagada de bares, sus oídos rebosaron de esos golpecillos tan agudos de las cucharillas de café contra las minúsculas tazas italianas; pero, como siempre, sus tímpanos intentaban centrarse en la musicalidad de aquel idioma que tanto le gustaba y que, sin saber exactamente porque, le recordaba al ritmo de un vals.
La ausencia de silencio por culpa de las cucharillas, los romanos  y la velocidad de sus coches aumentó en el momento que cruzó Piazza Pia, dejando atrás el Castillo de Sant Angelo.
Ya casi podía oler el murmullo del agua, ya casi podía palpar la soledad de su rincón. Sofía salió de mí, y ya casi no podía escucharla pensar.

Se topó con un semáforo en rojo, pero aquello no fue un obstáculo. Metió las manos en los bolsillos del abrigo, y calculó que, con un poco de suerte  y tres zancadas, llegaría al otro lado.
“Ojalá todo fuese tan fácil”, susurró al viento Sofía casi sin quererlo.
La cercanía del río rozaba ya su olfato: el aire se volvía algo más pesado, aquella atmósfera vagabunda se hacía presente, haciéndose pensar como el encanto de aquel desolado lugar.

Comenzó a bajar la cuesta hacía el paseo del río, sacó la cámara de la mochila y comenzó, excitadamente tranquila, a pasear.

 Ya Sofía no veía Roma, y yo, desgastada, ya no veía a Sofía. El bullicio se escondió tras el ronroneo de un gato que dormía en aquella cuesta, y más nunca volvió aparecer.

Sofía se me fue de las manos, de la tinta del papel. ¿Por qué se fue de mi mente y ya no la vi volver?
Una cabina de teléfono vieja y oxidada sonó en medio de la nada, a la vera de Sofía. Ella, con mano temblorosa, no evitó contestar. Le pedí que volviera a mi mente, que la historia ya debía acabar. Y Sofía, con una pícara sonrisa que pude ver, y casi dibujar, a través de aquel teléfono, me dijo que ella era esa parte del alma que se impregna en un lugar donde se crean recuerdos inolvidables.

Me dijo, sin dejarme apenas hablar, que no me dejase vencer por la nostalgia, y me secó las lágrimas diciéndome que cuando vuelva a Roma, ella estará allí para hacerme sentir que estoy en casa.
No tuve aliento para rechistar, ella colgó el teléfono y yo seguí con el sabor amargo de la melancolía y sus buenos recuerdos en los labios.


Una parte de mi se quedó anclada en aquella ciudad, en forma de Sofía o en forma de viento jugando entre las esquinas de los callejones. Las huellas imborrables de todas aquellas Sofías de amigos, conocidos o desconocidos con los que compartí aire mantendrán con vida la nostalgia de un tiempo pasado inmejorable.



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