Hace dos días fui a conocer el mercado de Spietalfields, me pareció un sitio que debía tener mucha historia que contar, y en efecto, la tiene.
En época de los romanos, este lugar se usaba como cementerio, tras el gran incendio de Londres en Septiembre de 1666, miles de personas se refugiaron en él, y fue finalmente en 1682 cuando el rey Carlos II concedió el permiso para poner un mercado (¡cuánta gente que nunca conocí pisó el mismo suelo que yo!).
En época de los romanos, este lugar se usaba como cementerio, tras el gran incendio de Londres en Septiembre de 1666, miles de personas se refugiaron en él, y fue finalmente en 1682 cuando el rey Carlos II concedió el permiso para poner un mercado (¡cuánta gente que nunca conocí pisó el mismo suelo que yo!).
Tanto la zona que lo rodea, como el propio recinto, han sido hogar para todo tipo de inmigrantes: hugonotes franceses huyendo de Luis XIV, judíos, rusos, musulmanes de Bangladesh, etc. Todos ellos trajeron nuevas habilidades a la zona como el comercio de seda, máquinas de coser, rosquillas que aun hoy día siguen vendiéndose al final de la calle Brick Lane.
Además de la exótica y nostálgica atmósfera que diferencia esta zona de otras tantas de Londres, el mercado se caracteriza por la multitud de antigüedades y ropa vintage que entran por los ojos de cualquier transeúnte. En este mercado encuentras de todo menos las ganas de irte.
De entre tantos objetos y puestos, me llamó la atención esta caja de postales antiguas.
Leí tantas como el vendedor me permitió, imaginándome una historia detrás de la tinta de cada postal. ¿Quién las escribió? ¿Para quién? ¿Desde dónde la escribían? Postales que quizá nunca hicieron llegar ese "te quiero" de una madre a su hijo; o quizá alguna se perdió de las manos de una joven enamorada, y está ahí, entre tantas otras.
Se podían ver ortografías de muchos tipos. Las que más me gustaron provenían de alguna mano anciana, dulce y nostálgica.
Despierta cierta melancolía por lo desconocido observar esa destartalada caja llena de historias a la intemperie, tan íntimas como universales, encontradas sin rumbo en algún momento de su vida. Mirándolas hallas una red invisible de relaciones humanas que desnudan esa íntima postal convirtiéndola en sentimientos comunes. Al fin y al cabo todos somos porque para otros existimos.
Esa idea me hizo asentar los pies en la tierra y la mente en distintas épocas, y pensar sobre nuestro paso por la vida, tan insignificante o trascendente como cada uno quiera moldearlo.
Parece algo insignificante, pero qué importante es a veces sentir que estás, que tienes cinco sentidos transmitiéndote información todo el tiempo. Con este ritmo tan frenético del siglo XXI, a veces es importante sentir de verdad el suelo que pisas, el aire que respiras y aquello que observas. Sentir que existes y que todo a tu alrededor tiene una historia a sus espaldas que, en algún punto del pasado, de una manera u otra, se entrelazó con la tuya.
Quizá dentro de ochenta años seas una postal leída por alguien al que conseguiste hacer sentir que existe, y entonces, habrás hecho historia en la vida de esa persona.
Así que gracias, postales.



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